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En esta edición, anotaciones a la publicación original del propio Leguineche, le dan una nueva visión a los pasajes del libro ya que Manu compara lo que vio en esos países durante su vuelta al mundo con visitas posteriores realizadas ya en los años setenta, ochenta e incluso noventa. El viaje también valió a Manu para hacer de manera directa aquello para lo que había nacido, ser reportero.

Manual Cuadernos de Viaje. Vagar por Asia Segunda parte (Spanish Edition)

He de agradecer esta reseña ya que me permitió conocer la existencia de este libro que he disfrutado de principio a fin. Para mí que apenas supero la treintena, me ha hecho adentrarme en el mundo de los Las actualizaciones que incluyó a mediados de los 90 Leguineche ayudan a actualizar situaciones. Por cierto, muchos conflictos políticos o bélicos de aquella época, siguen hoy vigentes. Son los materiales que fueron apareciendo con regularidad en el blog que titulé Primavera en el Pacífico. Get A Copy.

arquitextos ISSN 1809-6298

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Categoría: Viajes

Conoce a todo el mundo, al parecer. Han sido malos con él. Han condecorado a todos los enemigos de Francia en este país, pero no a él, etc, etc. Permanece soñador un momento, sufre visiblemente de no se sabe qué y deja por fin la palabra al señorito u, que se apodera de la misma glotonamente. Porque hay un se- ñorito, parecido a los que paseaban a unos perros de patas altas por la Calle Mayor de Palma de Mallorca antes de asistir, como entendidos, a las ejecuciones del Asustado ante la perspectiva de este torneo, movilizo al joven biólogo para que venga a cenar con nosotros.

En el coche, pido que no me lleven a un restaurante de lujo.


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  5. Una vez dicho esto, el poeta suspira dolorosamente y vuelve a su nicho de carne, donde se pone distraídamente a rumiar alguno de sus complejos. Pero el poeta manda parar el coche delante de una farmacia, se extrae penosa- mente de su sitio y nos pide que tengamos un poco de paciencia, porque va a ponerse una inyección. Espera- Señorito, en castellano en el original N. El poeta regresa, quejumbroso, y se deja caer sobre su pobre cojín, en su miserable coche. Pero, agotado, yo quisiera comer muy ligeramente y rechazo todo lo que me ofrece.

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    Sirven al poeta en primer lugar, que empieza a comer sin esperar- nos, con sus gruesos dedos cortos que a veces sustituyen al tenedor. Habla de Michaux, Supervielle, Béguin, etc. Es la primera vez que veo hacer esta operación sin inclinar el cuerpo. Con esto, el señorito se enfada y se pone todo rojo. Tratan de darme gusto, eso es todo. No hay que buscar en Brasil lo que tengo en Francia, etc. Una gentil intervención de Letarget y también la simpatía que, pese a todo, sien- to por ese curioso personaje que es el poeta, me retienen y hago un gran esfuerzo por calmarme.

    Sobre esto, el señorito se calma tan aprisa y sin razón como antes se había puesto nervioso y, por es- píritu de compensación, me abruma de cumplidos que me dejan mudo. Soy tan céle- bre como Proust Ya no hay quien lo detenga. Brasil necesita de su paciencia. Paciencia, eso es lo que hace falta en Brasil A pesar de todo, el resto de la cena transcurre tranquilamente, aun- que el poeta y el señorito no cesan de hablar entre ellos aparte en portugués, y creo comprender que se quejan un poco de mí.

    El se- ñorito aprovecha para explicarnos las dificultades admi- nistrativas de Le Fígaro, que yo conozco muy bien, pero de las cuales nos hace perentoriamente una descripción falsa por completo. Pero Chamfort tiene razón: cuando queremos gustar en sociedad, debemos de resignarnos y permitir que nos cuenten muchas cosas que ya sabemos unas personas que las ignoran.

    Observe con los ojos bien abiertos. Le voy a enseñar a un perso- naje de una de sus novelas. Es diputado del interior. Pero es todo un hombre. El señorito entra en el juego. Nuevos abrazos, de igual a igual esta vez, ya que el señorito es peso pluma. El di- putado lleva un revólver dentro de una hermosa funda.

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    Nos despedimos Pero se equi- voca: el personaje es él. Pongo mis notas en limpio. Conversación con el camarero que me sirve. Es de Niza, quiere ir a América del Norte porque los G. Le pregunto qué quiere hacer en los Estados Unidos. Vacila entre el boxeo y la canción.

    De momento, se entrena para el boxeo. El lunes iré con él a la sala de entrenamiento.

    Almuerzo con Barleto en casa de una novelista y tra- ductora brasileña. Casa encantadora colgada de una coli- na. Hay gente, naturalmente, entre otros un novelista que ha escrito, al parecer, los Buddenbrook brasileños, pero que presenta un curioso caso de cultura incompleta. De creer a B. Ha leído mucho, sin embargo.

    Para comer, un alcuzcuz brasileño, pero se trata de un pastel de pescado. He tropezado sin querer con su principal pasión. Seguidamente, le propongo a B. Las callejuelas de circulación prohibida, alegremente alumbradas por enseñas multicolores, y que son reman- sos de paz, se hallan cerca de las grandes arterias de circulación estruendosa. Como si entre la Concorde, la Madeleine y l'Avenue de l'Opéra, la rué Saint Honoré le estuviera prohibida a los coches. El mercado de flo- res. Casas moriscas junto a rasca- cielos. Llegamos a un barrio a la vez pobre y lujoso que domina la ciudad.

    En la tarde que termina, la ciudad se extiende hasta el horizonte. Una multitud de anuncios multicolores humean por encima de ella.


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    En el cielo suave se destacan perfiles de colinas terminados por el chorro de altas palmeras. Hay en este cielo una ternura y una nostalgia apenas salvaje. Bajamos a pie por escaleras y callejuelas en cuesta para acabar en la misma ciudad. En la primera auténtica calle que nos acoge, un templo positivista. El templo es griego. Pero como faltó el dinero, las columnas se han quedado sin capiteles.

    Pequeño bistró donde charlamos con B. Lo dejo para ir a reunirme con 15 Amada por Auguste Comte, a quien conoció en Mineur de don- de saldremos para ir a presenciar una macumba. Una macumba en Brasil Cuando llego a casa de Mme. El padre de los santos sacerdote y primer bailarín que debía organizar la macumba ha consultado al santo del día, que no le ha dado su autorización. Abdias, el actor negro, piensa que, sobre todo, no le ha prometido el sufi- ciente dinero para obligar la buena voluntad del santo.

    En su opinión, debemos intentar, no obstante, una expe- dición a Caxias, pueblo del extrarradio a 40 km de Río, y buscar al azar una macumba. Durante la cena, les pido que me expliquen cómo son las macumbas. Son unas ce- remonias cuyo propósito parece constante: obtener que el dios se introduzca dentro de uno mediante cantos y bailes. El objetivo es llegar al trance.